Agosto del 2010 / Museo Figari(en formación)

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Otro nivel de comunión lo apreciamos en la forma: la escultura de Mirta es, como la pintura de Figari, una búsqueda de la asimilación del gesto y del movimiento. Las piezas escultóricas de Olivera captan la energía del baile a la vez que declinan la individualidad del sujeto, que se diluye de este modo en la vitalidad arquetípica de los personajes de la Mama Vieja, el Gramillero, el Escobero, etc.
La llamativa constitución de las piezas creadas por la artista (caracoles, bivalvos, huesos de aves, fósiles y maderitas que trajo la resaca marina) es otro aspecto que la acerca a la búsqueda de una visión integral del hombre y la naturaleza, como tanto ansiaba el filósofo Figari y como supo plasmar en su creación plástica y literaria.
Mirta Olivera es, en lo que respecta a su desarrollo artístico, autodidacta, y como tal ha comenzado en su arte a una edad relativamente madura. También en eso se parece a Figari, quien, si bien tuvo un pasaje breve por el taller del pintor italiano Goffredo Sommavilla, se formó tarde y solo, tras la consecución de una manera personal de “decir” que lo mantuvo al margen de los caminos académicos.
Estas son sólo algunas de las proximidades que saltan a la vista entre la escultura de Mirta Olivera y la pintura de don Pedro Figari. Otros “contactos” deslumbrarán al observador en el cotejo “en vivo y en directo” de ambas formas de hacer, para lo cual el Museo Figari (en formación) ha solicitado en préstamo piezas originales de diferentes colecciones públicas y privadas. Los deliciosos vínculos formales que se establecen entre ambas producciones, salvando las distancias de época, de medios y de intereses expresivos -que son y deben ser también diversos- están allí, “en el lujo del detalle”: se nos presentan como el sensible homenaje de una artista contemporánea a las expresiones de las comunidades afrodescendientes y al valor imperecedero de la pintura de Figari.

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